Gran Zimbabue: la gran ciudad de piedra de África.

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Written by Marisol Setien

agosto 30, 2026

El Machu Pichu de África.

Recorrer el Gran Zimbabue es entrar en el complejo de piedra precolonial más grande del África subsahariana. Se construyó entre los siglos XI y XV, y en su momento de mayor esplendor llegó a albergar a varios miles de personas, capital de un poderoso reino comercial cuya riqueza se basaba en el ganado, la agricultura y, sobre todo, el oro. Sus mercaderes intercambiaban ese oro por cuentas de vidrio y porcelana llegada desde tan lejos como China, a través de la costa del océano Índico.

¿Cómo llegar y qué esperar de la visita de las ruinas?

Llegamos a Masvingo, procedentes de Harare un trayecto de 4 hrs en coche, nos instalamos en el Great Zimbabwe Hotel construido en 1902 y situado a apenas 700 metros de las legendarias ruinas de Great Zimbabwe, es un alojamiento emblemático. Fue construido para alojar a los primeros viajeros europeos que acudían a descubrir la antigua ciudad de piedra, por sus instalaciones han pasado a lo largo de los años viajeros, arqueólogos, diplomáticos y personalidades internacionales como Nelson Mandela y la reina Isabel II o la princesa Diana de Gales como demuestran las numerosas fotografías colgadas en sus muros.  Hoy, su privilegiada ubicación permite alojarse literalmente a las puertas de uno de los grandes tesoros arqueológicos de África.

Antes de entrar, el guía nos explicó, sobre este plano, cómo se organiza el conjunto: la Colina vigilando desde lo alto, el poblado Karanga, el museo y, al fondo, la silueta del Gran Recinto, dibujada como un corazón de piedra. El recinto se divide en tres zonas: la Colina, que hacía las veces de centro espiritual y religioso; el Gran Recinto, la estructura antigua individual más grande de todo el sur de África, con muros de más de cinco metros de altura levantados sin una sola gota de mortero; y las Ruinas del Valle, donde vivía el grueso de la población.

Caminar entre sus muros curvos, perfectamente encajados piedra sobre piedra, es una auténtica lección de ingeniería. Resulta increíble pensar cómo fue posible, en el siglo XI, mover y colocar aquellas enormes moles de piedra con semejante precisión. Y no deja de sorprender que algo parecido ocurriera en otras antiguas civilizaciones, desde Egipto hasta México o Perú. Es como si, de alguna manera, un conocimiento común —casi sobrenatural— hubiera conectado a pueblos separados por miles de kilómetros y por océanos.

Y es que durante décadas, nadie en Europa quiso creer que este lugar lo hubieran construido africanos. Los primeros exploradores coloniales, incapaces de aceptar que el pueblo shona pudiera haber levantado algo así, inventaron teorías sobre fenicios, árabes o hasta la mismísima reina de Saba. El arqueólogo británico Theodore Bent llegó a descartar como «insignificantes» hallazgos que después habrían probado el origen africano del sitio.

No fue hasta 1929, cuando la arqueóloga Gertrude Caton-Thompson lideró un equipo formado íntegramente por mujeres, que se confirmó lo que los propios zimbabuenses siempre supieron: el Gran Zimbabwe lo construyeron sus antepasados. En 1980, cuando el país logró su independencia, tomó su nuevo nombre precisamente de estas piedras, como símbolo de orgullo y de una historia que ya no había que demostrarle a nadie.

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